Infinidad de veces me he preguntado qué es el Arte. He tratado de desentrañar definiciones acertadas sin llegar nunca a nada. Lo que hoy es una sentencia definitiva mañana ya no me vale. Aprendo de lo que veo, de las personas que sienten la necesidad de crear. Observo a los que simplemente quieren ganarse la vida con creatividad. Admiro la sensibilidad que descubro a menudo en auténticos artistas, me intrigan las pajas mentales de los que poseen una habilidad y ansían convertirla en proyecto, sin mucha suerte. Comprendo la idea de que el arte es un lenguaje universal, y que como tal, tiene sus reglas de sintaxis, de sentido profundo y de ortografía explícita.
Las ideas artísticas pueden cambiar el mundo, así lo creo. Al igual que las utopías, las locuras, o los terrenos que dan miedo transitar. Su espiritualidad nos toca como puede hacerlo la religión o la filosofía. Pueden provocar una manera genuina de percibir y sentir. En otra dimensión más mundana, las ideas pueden ser hábiles ocurrencias, pensamientos personales materializados con la ilusión de que sean compartidos, pero sin ninguna capacidad real para remover nuestras entrañas. Un discurso que por más sesudo que resulte no llega a ser capaz de fundar su propia alma. He estado tratando de interiorizar el proyecto de Dora García para el Pabellón de España en esta Bienal de Venecia y pienso que su disertación se encuentra en este segundo grupo. Los eventos culturales-comerciales de esta índole desde luego tienen un dialecto propio, eso es cierto. Sin embargo, yo siempre he encontrado en ellos propuestas excepcionales y universales, estimulantes y reveladoras, de calidad exquisita, más allá de los mullidos envoltorios y de la espectacularidad de esa acicalada imagen que se les exige para formar parte de la elite mundial. La propuesta de Dora García se localiza sin lugar a dudas en la contemporaneidad de nuestros tiempos artísticos: interactiva, inacabada, multidisciplinar, con una carga conceptual densísima, con apoyo y referencialidad en textos literarios, pero sobre todo, con la intención de materializar un sentimiento lo suficientemente ambiguo como para no concretizarse y lo suficientemente polivalente como para que parezca que todos seremos capaces de entenderlo.
Yo no he podido entender mucho. O mejor dicho, he entendido la explicación pero no he sido capaz de penetrar hasta su verdadera personalidad. Probablemente sea únicamente mi culpa, o es posible que su proyecto, al ser experiencial, reclame la presencia indispensable de su público. Es probable que no llegue a haber en ningún momento realmente una obra física, que el Pabellón de España se convierta en una suerte de archivo de las experiencias de otros orquestadas por la artista. Quizás sea demasiado pretencioso asumir que la gente va a reaccionar según tus ideas se gestaron, al igual que a menudo los arquitectos fantasean con que sus espacios van a ser concebidos de tal o cual manera, quedando luego absolutamente a disposición de lo que de ellos hagan sus usuarios. Opino que tan resbaladizo es no saber materializar un concepto cuya teoría suena muy bien, como hacer por hacer, sin tener nada que decir. Y la pena es que, con frecuencia, encuentro que muchos proyectos realmente contemporáneos, que compilan altas dosis de carga conceptual sin una clara jerarquía -al menos vertical- acaban por tener más explicación que explicitación. Y si desde mi ordenador me ha dejado fría esta historia, en Venecia, con la de distracciones visuales que hay, con lo inmensa que es su Bienal y la de propuestas que te inundan sin preguntar dejando aterida tu fibra sensible, me habría resultado casi seguramente un suplicio conectar con el proyecto que presenta la artista en esta nueva edición de la Bienal. Con todos mi respetos a su trabajo, por supuesto.
!Enhorabuena¡, bueno y oportuno el texto. Hay que decir lo que se piensa sobre algunos proyectos... ¿artísticos? o lo que sean. Como se ve que has mamado desde pequeña las entrañas del arte y de los artistas. Laura, sigue así, escribiendo con libertad y sabiduría. Un beso, Enrique Acosta
ResponderEliminarPues sí, hay que decir lo que se piensa, con valentía y respeto.
ResponderEliminarabrazos.